Casi un 80% de la energía que consumimos se transforma en calor. La eficiencia en la conversión de la energía en trabajo físico suele ser muy baja.
Este proceso se convierte en un desafío cuando enfrentamos ejercicios de alta intensidad en entornos cálidos y húmedos. En estas condiciones, el calor se produce a un ritmo acelerado, lo que dificulta la pérdida de calor al entorno.
El ejercicio físico en estos ambientes representa un desafío para nuestro sistema cardiovascular. Además de alimentar a los músculos activos y al cerebro, el corazón debe enviar sangre a la piel para producir sudor y reducir la temperatura corporal. Esto resulta en un aumento del gasto cardíaco, una redistribución de sangre hacia la piel y una disminución en el volumen sanguíneo central.
En esta situación, se reduce retorno de sangre al corazón y tiene lugar una caída del volumen sistólico (volumen de sangre que el corazón expulsa durante el periodo de contracción). Debido a esto, el ritmo cardiaco debe aumentar para compensar esta disminución de volumen y si no lo hace, disminuirá el gasto cardiaco (volumen de sangre expulsado por un ventrículo en un minuto).
Si el gasto cardíaco disminuyera, debería reducirse el flujo sanguíneo a los músculos y por tanto, se reduciría el aporte de oxígeno y sustratos (con la consecuente disminución del rendimiento) o se reduciría el flujo sanguíneo a la piel, lo que disminuiría la pérdida de calor y aumentaría el riesgo de hipertermia (aumento excesivo de la temperatura corporal).







